A mi no me gustan las motos, ni tampoco los moteros. No me gusta el heavy ni los canosos cincuentones que la escuchan. No me van las chupas de cuero y me parece ridículo cuando veo un “abuelo” que la lleva. Sin embargo, he de reconocer que Hijos de la Anarquía (o Sons of Anarchy, que suena mucho mejor) me ha enganchado desde el primer capítulo.
Y es que el estilo Easy Rider todavía no ha pasado de moda a pesar de los tropecientos años que han pasado desde el estreno de este clásico que lanzó a la fama al malogrado Dennis Hopper. Las chopper montadas por los melenudos arrugados siguen siendo imagen de libertad y pasotismo, de rebelión y revolución, de eterna juventud inconformista. Tal vez por eso, a pesar de que no me gustan ninguna de las cosas arriba enunciadas, Sons of Anarchy me ha cautivado.
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| Cartel promocional de Sons of Anarchy |
La historia, como en casi todas las buenas series, es sencilla: un joven con conciencia, se convierte en colíder de una banda de moteros traficantes de armas que utilizan su taller de coches como tapadera. La serie tiene, además, distintas subtramas a cual más interesante.
Aunque lo mejor, sin duda son sus personajes, de nula moralidad, que se comportan como animales despiadados que matan porque sí y se divierten peleándose en el zoo de la vida. Con estas metáforas poco elaboradas quiero advertir a quien se atreva a ver esta serie, de que algunas de las escenas más fuertes recuerdan al Scorsese más escabroso y al De Palma más brutal. Porque la serie es violenta, muy violenta, tanto física como emocionalmente. Pero, al igual que en el cine de estos dos italoamericanos, el resultado no es el rechazo de la violencia, sino la atracción vertiginosa que se siente hacia ella como fuente inagotable de poder y modelo de negocios. Tal vez esta sensación sólo la tenga yo, pero en cualquier caso, yo siempre estaré al lado de estos moteros salvajemente sangrientos.
Mención aparte merece Katey Sagal, en un registro totalmente opuesto al mostrado en Matrimonio con hijos. Y es que esta madurita se convierte aquí en la matriarca más cabrona y cariñosa de la historia de la televisión. Y es que ella, por su hijo, ma-ta. Literal. Por este papel, la Sagal se merece todos los premios desde hace tres años, los mismos que la serie lleva en antena. Sin embargo, ha tenido que esperar hasta esta tercera temporada para poder estar entre las mejores. Pero, ¿Quién dijo que los premios fueran justos?

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